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Noche en el cementerio

Noche en el cementerio (segunda parte)

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Noche en el cementerio (segunda parte)

Las mesas y las sillas del comedor empezaron a temblar como si de un terremoto se tratara. Tres bandejas de comida, que se hallaban al lado de Tomás, salieron disparadas como si tuvieran vida propia estrellándose contra Carlos y compañía. Carlos intentó parar una de ellas protegiéndose la cara con sus brazos, lo que hizo que se rompiera uno de ellos. Miriam e Iván tuvieron más suerte, lograron agacharse antes de que las bandejas llegaran a ellos, y estas se estrellaron contra la pared. 

Todos los presentes quedamos anonadados. No podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo.

Algunos alumnos grabaron el suceso con sus móviles y todo terminó en el despacho del director.  Don Julián Jiménez, un personaje de lo más desagradable, quien habló de forma individual con todos los presentes. El director Jiménez era un hombre de unos 60 años, muy serio y estricto. Ese tipo de personas que su sola presencia te hace temblar.

Nosotros, por supuesto, no dijimos ni una sola palabra de lo que creíamos en realidad que estaba pasando. Porque teníamos clarísimo que todo estaba relacionado con aquella noche en el cementerio. Y el Director Jiménez, quien nos tenía a todos atemorizados, dio por hecho que Tomás había preparado todo como venganza a sus compañeros. Le dijo que le consideraba lo suficientemente inteligente como para haber preparado el solito esos efectos especiales que vieron todos. Y añadió que probablemente yo, su amigo inseparable, le había ayudado.  Concluyó diciendo que nos tendría bien vigilados. Nos advirtió, que nuestra bromita había llevado a un alumno al hospital y que sus padres pedirían responsabilidades.

Desde luego que sí. Los padres de Carlos eran los mayores benefactores del colegio, y prácticamente dueños del pueblo entero. Se encargarían de que alguien pagara por ello.  Lo más seguro es que nos expulsaran del colegio. O algo peor.

Menudo revuelo se había formado en el instituto. Hasta noté que el resto de los alumnos nos rehuían y que apartaban la mirada cuando se cruzaba con la nuestra. Nos habíamos convertido en unos bichos raros. O mejor dicho, más todavía de lo que ya éramos. Pero por algún extraño motivo eso era algo que me llenaba de orgullo. Puede que parezca una tontería, pero jamás me había sentido tan poderos.

Cuando terminaron las clases nos fuimos juntos para casa, como solíamos hacer siempre. Íbamos callados, pensando en todo lo ocurrido. Cuando de repente alguien nos llamo a nuestras espaldas. Era Natalia que venía corriendo hacía nosotros.

Noche en el cementerio

_ Esto es más preocupante de lo que me esperaba. Comenzó con tono de preocupación. _ Carlos está en el hospital. ¿Quién será el siguiente? Tenemos que pedir ayuda.

_ Pero…. ¿a quién? Nadie nos creerá, ¡nos tomarán por locos! protesté.

_ Estoy de acuerdo con el dijo Tomás. Lo único que conseguiremos serán mas burlas. Y yo ya estoy al limite. 

_ Nada de eso. Insistió Natalia. Conozco a alguien que puede ayudarnos. Alguien que está acostumbrada a tratar con estas cosa. Dijo muy misteriosa mientras nosotros la mirábamos expectantes.

– Mama Lula, una Chaman que tiene su consulta no muy lejos de aquí.

Nos miramos pensativos durante unos segundos. Tampoco teníamos nada que perder. 

_ De acuerdo. Dijo Tomás. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa a fin de que esto termine.

Así que, seguimos a Natalia y llegamos a la consulta de la Chaman.  Era una tienda extraña, oscura y con olores muy fuertes que no lograba reconocer. Tenía todo tipo de objetos esotéricos: velas, carabelas, amuletos de todo tipo, pócimas envasadas en extraños recipientes, tierra de cementerio, huesos de difunto y hasta muñecos vudú. La verdad es que daba escalofríos estar allí.

Natalia preguntó tímidamente por Mamá Lula y nos hicieron pasar a una pequeña salita al fondo de la tienda que aún se veía más siniestra si cabía. Tan solo alumbrada por unas cuantas velas, había una mesa redonda con cuatro sillas al rededor de ella donde nos dijeron que nos sentáramos a esperar. 

No tardó mucho en aparecer Mamá Lula. Era una mujer de piel oscura, pequeña estatura y un rostro inexpresivo. Llevaba el pelo con muchas trenzas  y la cara pintada de forma extraña. 

 

Se sentó en la única silla que quedaba vacía y se quedó en silencio durante un largo rato. Eso hizo que nos sintiéramos incomodos y Tomás empezó a hablar.

_ Lo que ocurre es que…. y despacio, como si le costase hablar le contó todo lo sucedido. Empezando por la fiesta y luego lo que ocurrió en el cementerio. Lo que ocurrió en mi casa y también el el colegio. Y  desde entonces… _concluyó. _siento como si….. dudó unos segundos.

Pero Mamá Lula no le dejo terminar. _ Como si una presencia se hubiera quedado contigo _ dijo terminando su frase.

_ ¡Sí!, ¿Cómo lo sabe? Dijo Tomás sorprendido.

_ Porque lo estoy viendo. Contestó Mamá Lula de forma serena.

Nos quedamos anonadados, incluso miramos a nuestro alrededor como si tratásemos de ver a otra persona más en la habitación.

Luego nos quedamos callados, observando a Mamá Lula, quien llevaba con los ojos cerrados ya un buen rato. Al abrirlos preguntó:

_ ¿Recuerdas cómo saliste de la tumba Tomás?

Tomás se lo pensó unos instantes y luego respondió: _ El vigilante del cementerio. Creo que fue el quien me ayudo a salir.

_ ¿Estás seguro Tomás? Volvió a preguntar Mamá Lula sin ninguna expresión en su rostro.

_ La verdad es que no. Dijo Tomás pensativo y cabizbajo. Tengo lagunas desde  que todo esto empezó, hay partes de que no logro recordar. 

Entonces Mamá Lula, como si estuviera en trance, comenzó a hablar:

_ Cuando tus amigos te tiraron a la tumba vacía sentiste mucha rabia. Y con esa rabia llamaste a un espíritu. Un ente que se encontraba en el cementerio. Un alma atormentada que sentía la misma ira que tú.

 

Noche en el cementerio

El te ayudó a salir del agujero y se ha quedado contigo. Ahora espera que tú le ayudes a él también.

Debes intentar ponerte en contacto con él. Averiguar que es lo que le pasó. Saber que es lo que quiere de ti. Solo de esa manera se irá. 

Pero yo no puedo ayudaros, él no quiere hablar conmigo. Tendréis que averiguarlo por vuestra cuenta. Y sin darnos más explicaciones se marchó.

Nos miraron sin saber por donde empezar. _ ¿Cómo pretende Mamá Lula que nos pongamos en contacto con él? ¿Acaso ha insinuado que debemos hacer espiritismo? ¿Con una guija o algo así? Dije yo escandalizado.

_ ¡No! Soltó Natalia de repente. _ Nada de eso, tenemos que volver al cementerio. Es donde empezó todo. Seguro que allí encontraremos alguna pista que nos diga por donde empezar

No nos gustó la idea en absoluto. Especialmente a Tomás que lo primero que hizo es negarse en rotundo. Sin embargo Natalia resultó ser muy persuasiva.

El cementerio, de día, no parecía tan terrible. Aunque ese era muy viejo y daba un poco de mal rollo.

Tomás nos guio, con algo de dificultad, hasta donde quedó atrapado. Aún estaba el agujero de la tumba abierto. Sinceramente, Tomás no hubiera podido salir de allí sin alguna ayuda externa. Aquello no nos decía nada.

Nos dividimos para inspeccionar las lápidas de alrededor a ver si alguna nos daba alguna pista. Tampoco tuvimos éxito. Entonces fue cuando nos percatamos de que Tomás se estaba alejando. Le llamamos para saber donde iba pero no nos hizo caso. Parecía como si no nos oyera. Salimos corriendo detrás de él, y al llegar a su altura notamos algo extraño. Tenía la mirada perdida. El rostro inexpresivo y estaba más pálido de lo habitual. Seguía sin hacernos caso, era como si no nos estuviera viendo ni oyendo. Y siguió caminando ajeno a lo que nosotros pudiéramos decirle.

Con cautela le seguimos. Nos condujo hasta una zona bastante apartada en el cementerio. Que se veía aún más vieja, si cave, que la anterior. Y allí, se paró delante de una de las lápida. Se quedó inmóvil, mirándola, sin decir ni una palabra. Natalia y yo retiramos las ramas y hojas secas que la cubrían para poder descubrir de quien se trataba.

«Tu familia y amigos no te olvidan» Rezaba. Y a continuación. Ricardo Molina Cano 1960 -1974 

Nos miramos atónitos. Todos estábamos pensando lo mismo. ¿Quizás fuera cierto que el espíritu nos estuviera hablando? ¿Había sido el, quien nos había guiado hasta allí?

Observamos la lápida con detenimiento. Era austera y estaba muy descuidada, lo que nos llevó a la conclusión de que hacía mucho que nadie venía a visitarla.

A todos nos llamó la atención que aquel chico hubiera fallecido cuando tenía nuestra misma edad.

_ Tenemos que averiguar quien era. Dijo Natalia, y acto seguido, sacamos todos nuestros móviles y nos pusimos a indagar.

Noche en el cementerio

Resultó que el tal Ricardo, había muerto por accidente en extrañas  circunstancias que no se habían podido resolver. Y lo que más impresionados nos dejó, fue que el accidente había ocurrido en ese mismo cementerio.

Necesitábamos más información.  Y ya no la encontramos en internet. ¿Quién era su familia? ¿A qué instituto había ido? Algo que nos dijera mas sobre él. Teníamos que averiguar que es lo que había pasado. Solo si lográbamos resolverlo, conseguiríamos que todo volviera a la normalidad.

Estuvimos dando vueltas al tema. Lo cierto es que fuera de internet, no sabíamos ni por donde empezar.

Lo más probable es que si el accidente había ocurrido en ese cementerio y estaba enterrado allí , es que hubiese vivido también en nuestro pueblo.

Así que recurrimos  a nuestros padres. Eso nos hizo saber de la existencia de unas guías telefónicas llamadas «Páginas amarilla«, que junto con las enciclopedias escritas eran el internet de nuestros padres.

Como le dije a mi madre que era para un trabajo escolar, se tomó mucho interés y me dijo que si quería ver como eran, seguramente encontraría alguna en el desván.

Subimos los tres y allí las encontramos. Tampoco nos dio mucha información, pero encontramos una posible dirección y allí fuimos.

Llamamos a la puerta de la casa para enterarnos de que hacía muchos años que los Molina no vivían allí. Sin embargo, una adorable ancianita que regaba las plantas en el adosado contiguo nos dijo que les había conocido y fuimos a hablar con ella.

Por suerte les recordaba perfectamente. Y nos dio información muy interesante. Al parecer, no solo había vivido en nuestro pueblo sino que además había ido a nuestro mismo instituto. Recordaba la tragedia pero, como el resto, no sabía como había ocurrido.

Natalia propuso consultar los anuarios. Era una buena idea. Tal vez dijeran algo sobre él, o nos llevara hasta algún amigo intimo que pudiera contarnos algo más.

Al día siguiente, llegamos impacientes a la biblioteca para consultar los anuarios. Y cual fue nuestra sorpresa al ver que el anuario de ese año y los tres inmediatamente anteriores estaban bajo llave. Y todavía más misterioso fue, cuando pedimos permiso a la bibliotecaria para que nos los dejara ver y nos dijo que no tenía autorización para hacerlo. Pues si ella no tenía autorización, ¿quién? pero no nos lo dijo.

No sabíamos por donde seguir avanzando, nosotros no éramos el tipo de chicos que nos colaríamos en el instituto y forzaríamos una vitrina para robar unos anuarios. Era un callejón sin salida. Además teníamos serios problemas en el mundo de los vivos. El director había llamado a nuestros padres por lo del incidente en el comedor. Aunque los tres teníamos una reputación intachable. Si Carlos se había empeñado en acusarnos, lo más fácil es que se saliera con la suya como siempre. 

Por ese motivo, decidimos esperar un poco antes de continuar con nuestra pequeña cruzada por Ricardo Molina. Tal y como estaban las cosas era lo más prudente. 

Al salir de clase, y puesto que era viernes, quedamos para ir a mi casa ya que no había nadie, Haríamos los deberes y después veríamos una peli.

Todo parecía estar tan tranquilo cuando de repente unos lapiceros se levantaron solos de la mesa y empezaron a flotar en círculos. Nos quedamos paralizados, con las bocas abiertas. Entonces empezamos a oír unos susurros que decían el nombre de Tomás. Como si le estuvieran llamando.

_Tomás

_Tomás

Nos agarramos de las manos y salimos pitando.

Cuando nos tranquilizamos y dejamos de correr, nos dimos cuenta de algo muy curioso. De la dirección que habíamos tomado. Habíamos, sin darnos cuenta, llegado hasta la puerta del instituto. Justo en la parte trasera del patio, en donde había una parte de la verja rota por donde se podía pasar.

Noche en el cementerio

Nos miramos sorprendidos. ¿Tal vez hubiera sido Ricardo el que nos hubiera empujado hasta allí?. ¿Sería posible que siguiera hablando con nosotros desde el mas allá?.

No nos quedaba más opción. Tendríamos que hacer lo que nos pedía. Teníamos que llegar hasta el final. Entrar a por esos anuarios.

 

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